Shrine of Remembrance, Melbourne

Esta serie de entradas dedicados a Melbourne serán más una guía pensada en los que quieran emigrar o viajar a estudiar o simplemente de vacaciones, no lo contaré como una historia ya que podría escribir toda una novela de los años que allí pasé

Sin embargo voy a contarles a manera general que es Melbourne desde el punto de vista de alguien que llegó allí lleno de metas, enamorado, que se enamoró también de esta bella ciudad y que terminó hastiándose como pasa en muchas relaciones.

Y es que yo soy una persona simple y mundana acostumbrado a vivir en la sábana rodeado de montañas que me sirven como punto de orientación para saber dónde estoy, jamás había hablado con alguien en otro idioma y a duras penas comía pollo frito y papas fritas, lo más internacional que había comido era la italianísima pasta con salchichas “Suizo” que hacía mi abuela. Por eso el mismo día que pisé el aeropuerto de Melbourne me sentí extraño, en otro mundo, vi niños asiáticos con sus ojitos casi perdidos entre sus cachetes y quedé encantado, oí hablar a sus padres y me pareció ininteligible, era un nuevo mundo para un hombre que por primera vez bajaba de la montaña.

Mis primeras impresiones en Melbourne

Ni qué decir de los autos con los conductores al lado derecho, y las autopistas perfectamente pavimentadas que cruzan el río y desde las que se ve el mar, mi segundo encuentro con el mar, esta vez desde el otro lado. Y quedé maravillado cuando llegué a mi primera casa y vi que era como la de las películas, con el techo en V invertida y un antejardín y parasoles en las ventanas, tenía que estar en un sueño.

Al segundo día llegué a Flinders Street Station, la principal estación de trenes y quedé atónito de ver más de 10 plataformas con sus respectivos rieles y los trenes llegando y partiendo a tiempo, todo en una casi perfecta sincronía, y al salir te encuentras con FedSquare, la plaza principal atestada de gente de muchas naciones hablando muchos idiomas y los miras impresionado pero ellos te ignoran porque eres uno más, simplemente uno más. Y recuerdo que caminé a lo largo de Swanston hasta el barrio Chino y otra vez me sentí como si llegara por primera vez a una gran ciudad, chinos por aquí, chinos por allá, hablando en un inglés inentendible para mí, restaurantes con vitrinas llenas de acuarios con cangrejos a punto de ser hervidos vivos y con peces inocentes que vagaban sin saber que terminarían en medio de los palitos chinos devorados por cualquier persona.

Recorrí Swanston una y otra y otra vez y me enamoré de a pocos, me enamoré de Melbourne Central y su reloj que cada hora toca una melodía insoportable y muestra unos muñequitos bailando de forma torpe, me enamoré de las tiendas de souvenirs australianos fabricados en China o en Vietnam y de los restaurantes asiáticos que pululan, me enamoré del olor a decadencia y grasa que emanaban Mc Donalds y KFC cerca a Flinders donde comí muchas veces después de beber cerveza o trabajar hasta media noche, me enamoré de Young and Jackson el icónico bar en la esquina de Flinders St con Swanston St donde fui feliz celebrando el día de San Patricio y ni mencionar a Cherry Bar donde el rock es protagonista cada día y donde disfruté y bailé con mis mejores amigos.

Y de a poco me alejé del bullicioso centro y me escondí en los suburbios más alejados, sin tanta gente, silenciosos y oscuros en las noches, donde solo ilumina la luz de la luna, caminé por Footscray lleno de vietnamitas y africanos, con festivales, comida barata y tiendas con de todo, caminé por Brunswick y fantaseé con sus antigüedades y sus tiendas de discos y ropa vieja, me perdí en Fitzroy y sus restaurantes de todo tipo, anduve en Coburg ojeando en las tiendas del medio oriente y comiendo kebabs a menos de 10 dólares, me perdí en la playa de St Kilda, Brighton,Chelsa y Sandrigham, caminé y caminé por los barrios de Melbourne tratando de encontrar el porqué no quería volver a casa y nunca encontré una respuesta específica pero tampoco un motivo para regresar.

Pero un día me desperté y no la vi tan linda, y caminé nuevamente por Swanston y me fastidió el bullicio y el ir y venir de la gente como abejas buscando el panal, me fastidió el olor a grasa de los restaurantes de comida rápida, el ruido generado por tantos idiomas incomprendidos me sacó de quicio, el olor a mierda de caballo generado por las carrozas hechas para turistas gringos y chinos que andan con esas estorbosas cámaras para tomarle fotos estúpidas a cualquier poste. Y pensé que no, que no quería recordar así a mi amada Melbourne. Respiré.

Y fui a donde siempre me sentía bien, en Oakleigh pedí un plato de Gyros de cerdo, y lo comí lentamente y sentí el sabor de la inmigración griega en Australia, y miré a los griegos a mi alrededor y pensé en cuánto se parecían a nosotros, y sonreí. Esperé que cayera la noche y cené pizza en Lygon St, y luego caminé a lo largo del Yarra desde Flinders hasta el Casino, y paré justo en frente del acuario y me senté en el pasto artificial, y disfruté del cielo de la ciudad adornado por los edificios que a esa hora brillan para delimitar donde termina el cielo y donde comienza Melbourne.

Fui feliz, esa imagen fue la que doblé, y empaqué en mi maleta cuando por fin decidí que era tiempo de terminar esa relación y cerrar ése ciclo que sería muy importante en mi vida, ese día le día le dije hasta luego a Melbourne y que ojalá nos encontráramos en el futuro y por qué no, en mejores circunstancias.

por Camilo J

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